• Las espinas del alma

Abrazar la mentira

Te has convertido en un ser que abraza la mentira para que su necesidad de conocer pueda descansar. Olvídate de todo eso y vive lo que te reste de vida sin atormentarte por algo que no puedes controlar

Eso le dice la bruja a la mujer deforme, eso le espeta tras ver el sufrimiento que el hombre torturador le ha hecho padecer. Es el temor a lo que nos aguarda lo que tortura nuestros sentidos y nos obliga a creer en algo… sea o no sea verdad. Triste realidad, el miedo domina al ser humano, no somos libres jamás, no mientras ese miedo incrustado en nuestras raíces nos dicte palabras de horror, de aceptar la nada o quizá de asumir cualquier otro mal.  Su alma rota y su cuerpo aún más, con esa saña nacida de la más profunda maldad, esa que habita en las personas y que florece cuando su tamaño es descomunal. Esa mujer horrible dio por ciertas las palabras que hablaban de la eternidad, de una religión extraña en la que ningún dios tenía cabida en realidad, en la que los propios hombres creaban y destruían como seres divinos, tan omnipotentes como falibles, tan mortales ahora como eternos en ese futuro que nos aguarda voluptuoso para sufrir o degustar.

«Veo un dios en el horizonte, allí tan lejos que no lo puedo alcanzar, me promete vida eterna, a su lado, jamás dejar de sentir, vivir a través del alma, carente de cuerpo pero imbuido de una energía que me hará recordar lo que soy, sí… y lo que puedo llegar a ser. Quiero amarlo, deseo creer en él, cierro mis ojos a la idea de que sea una gran mentira, su promesa es bella y la quiero poseer. Dios poderoso, dios irreal, tan sólo existes en las palabras de los hombres, no tienes consistencia real, dios que calmas los anhelos y los miedos de tantos seres que sufren en soledad, dios hecho de aire y de retazos de almas que se rompen ante la incertidumbre del más allá. Mira mi corazón, no lo ignores, aquí tienes cabida, aquí podrás permanecer, para que nunca languidezcas, para que la fuerza llene tu esencia y jamás hayas de desaparecer. Te necesito y en ti creo, para ser eterno, tras mi muerte, tras estos muros pequeños en los que me metiste en contra de mi voluntad, libérame te digo de este miedo que pervierte mi realidad.»

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