• Las espinas del alma

Anciano

El personaje del anciano es un claro ejemplo del miedo a los demás cuando no se posee fuerza ni armas con las que luchar. Así ha sido siempre, lo sabe y eso le hace sufrir, pero nada puede oponer a esa triste verdad. Padre de una mujer clave en esta historia pues de su vientre nació el niño para quien un gran destino aguardaba creado por fuerzas de origen infernal. Él también es importante para el devenir final pues acarrea al bebé para que la misión final de la bruja pueda comenzar.

Son tres las partes bien diferenciadas en la historia que se cuenta y en las que el anciano tiene participación singular. Tres actitudes muy diferentes de este hombre que es movido por fuerzas que no alcanzará nunca a comprender. En la primera nada hace, tan sólo dejar patente como padre y ser humano su ausencia de dignidad y su lamentable mezquindad. En la segunda parte la esperanza le hace renacer, le hace aspirar a una venganza que él no habrá de ver, pero esa visión le llena del deseo de que el mal arrolle a la humanidad; se siente poderoso pues sabe que su acción devastará a millones de personas, que alguien de su sangre se erigirá como destructor de esta podrida humanidad. La tercera parte es sólo un regalo que la bruja le concede, lo que siempre anheló, sentirse fuerte, poderoso y temido a la par; matar, destrozar, hacer sentir, devorar los sentimientos con grandes oleadas de poder, clamar a los cuatro vientos que la vida al menos por un momento ha sido un divino elixir.

Pero es sólo un eslabón más, una criatura utilizada por la bruja y su voracidad, por lo seres deformes que de algún modo lo dirigen a los lugares que requiere la misión que han decidido comenzar. Es sólo una marioneta, no lo sabe pero lo es, quizá no le importara si con ello pudiera satisfacer su voluntad. Nada tuvo, tan sólo sufrimiento… comprendo por ello que sus deseos se mimeticen con cualquier vestigio de venganza y rencor por igual, cualquier cosa que le aporte satisfacción en este mundo tan plagado de dolor.

«Perro sin amo, golpeado por el azar, carente de amor y también de vanidad. La dignidad no se marchó, te la arrebataron con tantas penas que tuviste que soportar; no te culpo, así eres, así te forjaron las personas que te humillaban sin parar. Pero tu hija es otra historia, tu hija podría haber sido tu salvación, de tu alma podrida, anciano, de tu historia en esta vida, de su sentido y de tu dignidad. La dejaste morir sin luchar, sin ofrecer tu vida para tu alma no manchar, pero mancillaste tu honor al mismo tiempo que tu triste existencia tratabas de salvar. Para qué, me pregunto, para qué, me lo habrías de explicar, para qué, quizá para evitar dolor, para qué, quizá para no enfrentarte a aquella horrible mujer, aquélla que mataba entre grandes sufrimientos a ese ser bello, tu hija, aquella niña ya mujer… para qué, anciano….para qué si tu destino estaba escrito con palabras indelebles, con esas palabras en las que no existe la amabilidad. Obtuviste más de lo que merecías, ser despreciable, obtuviste algo que te concedieron en tu momento final, arrostraste la muerte con una sonrisa, orgulloso de tu cruento final, arrostraste tu epílogo en el efímero edén de tu inmerecida serenidad, así la arrostraste, sí, disfruta de tu muerte pues tendrás la tranquilidad que en vida no llegaste a tener jamás».

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