• Las espinas del alma

Crecer te aparta de la pureza de la vida

«Soy la vida, en toda su pureza, sin nada que te ofenda ni te haya de dañar, por qué permites que tantas espinas penetren en mi realidad, por qué os deseáis dañar, por qué esa ansia de prevalecer, ante los demás, ante todo aquél que consideres como rival. Contemplo las existencias que caen bajo mi manto protector, las observo y comprendo que es el egoísmo humano quien daña sin compasión, quizá por miedo, quizá por el deseo de perdurar, quizá por todo aquello que nos otorgue un alivio a nuestra caducidad».

Es la propia inteligencia quien nos hace comprender lo que necesitamos para avanzar en esta sociedad, tanto en ella como en la vida en general. Nos permite ver que, con acciones que para nosotros no deseamos, podemos ascender en la jerarquía humana que se mantiene firme con los ascensos y las caídas de todo aquél que aquí deba morar. La pureza de la vida se va envenenando hasta alcanzar una concentración mortal. Crecer nos aparta de esa pureza, la comprensión de las reglas que rigen las relaciones interpersonales nos dota de armas que habremos de esgrimir para no quedar atrás.

«Vi un alma nacer, aquí en esta tierra dura en la que habrá de permanecer, la vi llorando, eso hacía cuando comenzó a comprender… que habría de apartarse de la pureza que deseaba conservar. Cuando comenzó a saber… que la vida es una historia cuyas palabras ella deberá inventar. Cuando comenzó a sufrir… las batallas en las que se vio inmersa por el mero hecho de vivir. Las lágrimas anegaban su boca y la ahogaban haciéndole sufrir»

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