• Las espinas del alma

Despensa humana

La escena de la cueva en la que los seres deformes abren su despensa particular es de un horror realmente desgarrador; dos seres humanos desnudos y sujetos con cadenas, impregnados de heces y orina y dominados por la más intensa degradación. Es una visión que castiga los sentidos para cualquier persona que lo contemple, sin embargo, es donde esos seres guardan sus viandas y, el hecho de que sean caníbales, obliga a que sean seres humanos lo que haya en el interior. Posiblemente, no sean únicamente antropófagos pero cazar seres humanos es mucho más sencillo que atrapar animales, más rápidos y difíciles de controlar; además, esos poderes que ostentan les hacen poderosos ante cualquier persona de igual a igual. 

Cuando arrancan el alma y devoran el cuello de uno de los prisioneros para hacer ver a la bruja el mal al que se enfrenta y las consecuencias de no atender sus peticiones, vemos al otro condenado gritar, aterrado, sabiendo que eso es lo que le ha de esperar; no obstante, cuando cierran las puertas y él aún sigue con vida, respira aliviado por poder vivir un día más. Qué resorte de nuestro instinto se acciona para alegrarnos sabiendo que tendremos que sufrir los rigores del terror absoluto, me pregunto, qué parte de nuestra alma no se desgarra cuando somos la carne que a dos seres monstruosos alimentará.

No hay piedad ni compasión, ejecutan su alma y su cuerpo y beben su sangre con extrema delectación, como si les proporcionara una excitación intensa y especial, como si la vida fluyera por esa sangre y los fortaleciera para nunca dejar de dañar. Arrancan sus ojos al cadáver para ver en sus cuencas vacías el presente que están viviendo y el pasado que ya ocurrió. son parte de sus poderes, en nadie más parece que puedan habitar pues son seres únicos, sin embargo, cambiarían todo por poder vivir tranquilamente entre la humanidad. 

«Nada hay en nuestro mundo cuando la muerte acecha, nada nos aguarda en el reino del miedo cuando la esperanza de vivir tanto y tanto se estrecha, así morimos en vida, así perecen nuestros sentimientos al contemplar cómo el mundo nos pasa por encima, nos olvida. Sólo espero que mi alma pase siempre derecha, sin doblegarse a los rigores del terror y aceptar lo que me haya de llegar y viajar allí donde el vacío anida. Ése es mi deseo sin sentirme despechado, sea cual sea mi destino, con seres que me devoren o con la muerte que me ha acechado, pues ya sólo contemplo mi final y no quiero recordar cuando mi realidad vino».

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