• Las espinas del alma

El anciano

-Bruja, hay situaciones que me sorprenden, que me hablan de una bondad un tanto especial. Recuerdo a ese anciano decrépito sin fuerza para defenderse y luchar, mascando el odio hacia la perversa humanidad. Ese odio que aplastaba su esencia y hería de muerte su dignidad. Comprendo que a un ser así, con tantos sufrimientos que podría narrar le proporciones un digno final, otorgarle el dulce de una noche de matanza y pasión, de beber de las aguas que manan del torrente del poder. 

-Así es, ese hombre necesitaba un final así, demasiados sufrimientos en la vida para acabar de un modo tan carente de dignidad

-Pero bruja, fue un hombre perverso, un padre de bajeza sin igual, pues contempló arder a su hija en la hoguera mientras la insultaba con más fervor que los demás. A su hija nunca amó, jamas con su vida la defendió, nunca la consoló con palabras bellas que le hicieran soportar el dolor que la vida le concedió.

-Juzgas a un hombre por acciones que tantas personas cometerían igual. Tan sólo juzgas y condenas a un hombre a morir por el hecho de que su hija sufra a manos de los demás. No entiendes que el instinto que la naturaleza nos aporta es muy difícil de vencer. Quizá si ese anciano hubiera tenido una oportunidad para salvar a su hija, su vida hubiera arriesgado sin dudar. La acción que le exiges hubiera supuesto su muerte y a su hija le hubiera sucedido igual, pues no puede oponerse a nadie de igual a igual. Exiges que sea un padre excepcional, que prefiera morir antes de que su hija lo haga, que se apresure a no ver su final, pero esa idea se daría sólo en una parte de la sociedad.

-Ese desenlace no te aportaba nada, bruja, podrías haberlo matado o expulsado sin más, quedarte con el niño que era tu objetivo final.

-Mi cuerpo anciano y enfermo no podía matar, necesitaba sacarlo de la choza y que allí hallara su final. Así hice pero le concedí lo que mi corazón me dictaba que ese hombre mereció. Por ello, apareció en esa batalla cuyas antorchas iluminaban la noche que los envolvía, por ello lancé su determinación a asir una espada y luchar como si el mañana no hubiera de existir. Y para él no existía pues era la batalla en la que habría de morir.

-Su espada acabó con la vida de muchos hombres esa noche, bruja, tu decisión de aportarle satisfacción conllevó el dolor inmenso de tantos hombres que sufrieron su excelso poder. Creo que para ti existen protagonistas cuyas emociones importan pero obvias terriblemente las de los actores secundarios que se necesitan para que tenga sentido esa función.

-No me defiendo de ello, te doy la razón, pero recuerda que ese anciano también murió. Los demás hombres de la batalla hubieran muerto en esa noche o quizá en una posterior, su destino estaba echado, eran guerreros cuyas vidas acabarían segadas indefectiblemente por uno u otro rival, en ese día o en alguno que acabaría por llegar. Hombres que hacen de su existencia una oda a la sangre que su espada derrama, que se jactan de las cabezas que separan de los cuerpos que caen sin vida a sus pies, no utilices la lástima con ellos para criticar mis decisiones y mi actitud.

-Esa noche fue clarificadora para mí, contemplé cómo la satisfacción que manaba de su rostro no hubiera admitido cambiar lo que estaba viviendo por ninguna circunstancia aunque ello supusiera un beneficio para los demás. Creo que ese cáliz que le hiciste portar no lo hubiera cambiado por la vida de su hija hacer renacer; allí tan sólo veía el egoísmo de ese hombre, ese egoísmo que controla a toda la humanidad.

-Así es la vida, hombre, así es la esencia de la humanidad.

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