• Las espinas del alma

El mendigo y la bruja

La bruja obliga al mendigo a ir a su choza  cuando realmente no parece serle de mucha utilidad pues tan sólo se ha manifestado como un ser vencido y sin ningún tipo de voluntad. Tan sólo demostró personalidad para alzar en armas a los mendigos de su ciudad, pero esto estaba orquestado por fuerzas muy superiores a su realidad. Quizá el diablo, quizá la bruja, quizá esos seres deformes que gestaban su misión para vengarse de la humanidad.

Tras ser utilizado mediante su sangre y revivir a la bestia, a la bruja nada le hubiera supuesto ejecutarlo o dejarle vivo a sus suerte en esas montañas y el cementerio de Satán; sin embargo, se lo llevó a su choza porque algo se movía en su interior. Quizá pensaba en ese hombre como parte de su futuro tras el umbral, quizá el final que nos ha ofrecido lo tenía planeado con bastante anterioridad.

En la choza lo puso a prueba, hizo que mirara sus ojos para contemplar sus anhelos de verdad pero allí sólo vio desolación, la nada en su máximo esplendor; un ser muerto en vida que nada deseaba hacer para cambiar esta realidad. No le ofreció entonces una vida tras el umbral pues sus anhelos quedaban satisfechos en cualquier podrida ciudad. Así desechó su futuro con ese hombre y a la bestia contempló. Quizá, si el mendigo hubiera mostrado ambición, el papel de la bestia hubiera sido diferente en la historia tras el umbral.

«Mendigo miserable, pobre hasta la saciedad, de valores y anhelos, de todo aquello que te proporcione una mínima dignidad. Nada tienes en este mundo que te maltrata, te domina, te menosprecia… nada esperas de la vida que se aleja, se ríe, se difumina…. nada eres, nada, tan sólo un ser que habrá de morir sin que nadie derrame una gota de llanto por su alma enferma, marchita por el frío del abandono y la desesperación. Ardiendo tu vida, consumida por la pobreza, cayendo como cenizas que abonan esas calles de piedra y hacen nacer otro árbol de la desesperanza que cobije a tantos como tú que pueblan y poblarán este inmundo lugar. Déjate ir, no luches más, no malgastes tu tiempo pues es menos que una mota de polvo en la inmensidad del tiempo que queda por llegar. Mares de rencor que pasaron al limbo de nuestros odios que jamás podremos vengar, tan sólo rogar porque la providencia nos traiga un triste y gris día más».

Marcar el Enlace permanente.

Comentarios cerrados.

  • Una obra de Francisco Javier Llorente

  • El libro