• Las espinas del alma

Espinas de la naturaleza

La naturaleza y la vida nos evocan tantas cosas bellas que pasamos por alto su verdadera esencia, obviamos su espíritu que muestra elato todo su poder, con esa arrogancia extrema de quien todo puede y nada teme, de quien sabe con certeza que no se doblegará ante nada pues eterno es su poder. Y nos hace sufrir, nos mata, nos destruye, nos hiere…. nos hace llorar, nos daña, nos humilla, nos ofende… con tantas penas que marchitan nuestras esperanzas de vivir en paz, siempre sometidos a las reglas y los caprichos de ese mandato tiránico contra el que nada podemos oponer. El transcurso de la vida jalona nuestra existencia de sufrimientos que habremos de arrostrar, de hitos tristes que se clavan en nuestra alma como esas espinas que en realidad son… y no existe un final esperanzador, tan sólo dejar de sufrir cuando la muerte nos conquiste pues sabemos que camina siempre a nuestro alrededor.

Seres que luchan por todos esas heridas superar, que hinchan sus pechos para gritar y decirle a la vida que habrán de resistir, que los daños padecidos no les arrebatan su deseo de vivir; no saben que es su instinto quien habla, no lo hace su determinación, no se oponen a la vida y sus mandatos, no la vencen, tan sólo sobreviven porque así la propia naturaleza dejó grabado en cada uno de los instintos de aquéllos que sufren los rigores de su maldad.

La propia naturaleza nos hace nacer en lugares que el ser humano convierte en parajes yermos repletos de miseria y maldad, quizá no sea justo culpar de ello a la naturaleza, quizá sean los hombres quienes acarreen la culpa de tan inmensa desigualdad. El azar es hijo de la naturaleza, nos coloca aquí y allá, nos concede y nos arrebata armas con las que luchar, nos llena los ojos con lágrimas que tendremos que derramar, nos habla suavemente al oído con palabras bellas de muerte y sumisión, con palabras gastadas de tanto ser utilizadas por los hombres cuyas vidas se pudren en este reino gobernado por fuerzas que no podemos controlar.

Sufrimos la maldad de otros hombres, en ocasiones de crudeza singular, pero la vida nos llena de heridas que destruyen lentamente nuestra esperanza de vivir en paz. Uno mi llanto al de aquél que a su padre perdió, al de aquél que vio cómo la vida de su madre voló, a otro mundo, tras el telón opaco de la muerte que nos impide a través de él poder ver. Que mis lágrimas bañen su odio por la vida, que laven las impurezas de la triste sumisión, que sean capaces de limpiar las miradas de todos los que pierden seres que aman y puedan contemplar la vida en toda su cruel extensión, aceptando lo que viene como algo que así debe ser porque estamos sometidos a preceptos que no podemos cambiar.

¿Por qué pierdes la fe en Dios cuando la vida de tu hijo la muerte te arrebató? ¿Por qué no la perdiste cuando otra persona una pérdida igual sufrió? ¿Acaso la vida de tu hijo es diferente y superior a otras para tu Dios? Lo es para ti pero no para ese ser en el que creíste y del que ahora reniegas ante tanto dolor. Quizá esa fe fuera un artificio de tu alma atormentada buscando su propia vida eterna ante ese miedo irracional a dejar de existir. La más grande espina que la naturaleza puede colocar en nuestra alma, la pérdida de un hijo que creamos para nuestro instinto calmar, ¿es de este modo o te ofende escuchar una afirmación así?, me pregunto por qué nos arrebata a un hijo si nos ha implantado un instinto que nos lleva a hacerlo nacer. ¿Acaso el azar a la naturaleza no obedece o es un juguete más que la divierte con sus vaivenes caprichosos que afectan a la humanidad?

Tierras que se mueven y volcanes que entran en erupción, mares que anegan la tierra y atrapan a los seres humanos que hay en el interior. Muerte que nos lanza la naturaleza y que debemos aceptar, sentirnos afortunados por seguir vivos mientras imaginamos el sufrimiento físico y el terror que las víctimas pudieron padecer. Quizá nos importe, quizá no… pero seguro que no aceptaríamos perder nuestra vida por devolver a este mundo a quien falleció. Yo lo llamo naturaleza, quizá tú lo llames Dios, en cualquier caso la bondad no hallo en su interior. El dolor no existe, es tan sólo una humana sensación, mira a quien sufre y comprenderás que tu carne no siente dolor. Lástima, piedad y justicia, me apena ver que se pide eso a un dios, incluso hay quien los justifica y culpa a los hombres de todo aquello con que la naturaleza nos ofendió. Esos conceptos no existen en la naturaleza, los inventamos los hombres para calmar nuestra incomprensión.

Niños que nacen sin la posibilidad de en el futuro valerse por sí mismos, personas que vemos diferentes, seres de luz, humanidad y amor, seres que entienden el cariño quizá mejor que tú y que yo, o quizá igual pero su dependencia les hace entender que hay personas que desprenden una gran luz interior. Padres abnegados y heroicos que dan a esa niños una vida normal, tal y como merecen, nadie lo puede negar, pero me entristece recordar que hay niños como ellos que nacen en lugares carentes de esa bondad. Espina cruel que raja nuestra alma, la de ellos y la de quienes comprendemos esa triste realidad.

Vil compendio de desgracias que asolan nuestra vida y que impiden nuestra efímera felicidad, observar sonriendo a la vida es un acto desesperado de fingir, pero si en ello se halla nuestra esperanza de avanzar, no seré yo quien ponga trabas a esa acción, si de ese modo nace la fuerza para enfrentarse a la realidad, quizá sea un caudal en el que debamos nadar. Avanzar contemplando pero sin detenerse más de lo debido a llorar, la naturaleza y la vida no se van a apiadar, seguirán repartiendo muerte a las infinitas víctimas que por siempre sus dominios poblarán. 

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