• Las espinas del alma

Espinas en la novela

La novela «Las espinas del alma» es un gran escaparate de horrores que sufren los personajes por el mero hecho de vivir. Sangre y dolor, torturas y desprecio, acoso, arrogancia y muerte sin compasión. Incluso quien busca el amor lo hace con las manos manchadas de sangre y acepta la destrucción. Pues así es el egoísmo que controla a todos los que miran con miedo el horizonte que les aguarda plagado de fuerzas que no controlan de las que desconfían y a las que miran con horror.

Esa horda terrible de asesinos sembrando muerte como un ángel exterminador, por ningún motivo aparente, sólo para sentir el placer del control y la destrucción. Ese hombre mezquino que al sentirse herido comenzó a temer, conoció el otro lado pero eso no le produjo sentimiento de empatía ni compasión, únicamente temía por su vida y hubiera destruido a cualquiera si con ello su vida salvara de ese inminente final. Ríos de sangre bajando a las entrañas de la tierra y preñando de muerte los paisajes que pisaban, riendo como padres orgullosos de esa criatura incorpórea creada con los efluvios del miedo, de la muerte y del dolor. Almas que aplastaban el suelo como piedras gigantescas repletas del peso de la incomprensión.

Esa mujer terrible que al líder de asesinos salvó, de la muerte y de su viaje a la nada, pero que lo sumió en el sometimiento y la desesperación. La muerte nacía de su cerebro, de sus conversaciones con Dios, ejecutaba a quien deseaba si así se lo proponía el Señor. Eso aseguraba ella, nadie se atrevía a oponerse bajo pena de inmenso dolor. Ordenó ejecutar a aquella joven con la que su marido yació, obligada y violada, traicionada por aquél al que su ayuda y cariño humano otorgó. Quemada en la hoguera, padeciendo ese horrible sufrimiento que su joven cuerpo consumió, prometiendo odio eterno, odiando a los hombres tanto como al propio Dios. Odio sin límites, ampliando el universo para dar cabida a tan infinito rencor.

Esa bruja de voluntad poderosa, poderes acrecentados por la sangre de lo seres deformes que buscaban la destrucción del mundo y su ascenso como acólitos principales de la bestia que algún día dominaría a la humanidad. Esa bruja, digo, que fue perseguida por ser diferente a los demás, a nadie dañaba, sólo sus consejos parecía ofrecer, pero fue vista como una enviada del propio Satanás. Y esos seres de horrible rostro y cuerpo con gran degradación, devorando seres humanos y arrancando sus almas para nutrir su esencia con ellas sin ninguna compasión. Denostados en la vida, perseguidos por la sociedad, habitando cuevas a las que llaman hogar, masticando su odio por la maligna humanidad.

Esa niña, esa pequeña con tantos deseos de amar, portando una cajita invisible en la que muestra todo el amor que cabe en su corazón, esencia de vida que desearía vivir, esencia de la tristeza que le ha tocado vivir. Ojos bellos que miran al cielo y sueñan con aves que la sonríen y aceptan su amor, peces del mar que se deslizan bajo sus manos para sentir sus caricias y su calor. Pero la vida la castiga con tantos males que su esperanza se acaba por marchitar, lágrimas y desprecio en esa vida corta que parece que jamas podrá empezar, viviendo las miserias que la sociedad proporciona a quien nada posee y a quien nadie quiere a su lado tener.

Esa niña, hecha mujer, elevando a la muerte a tantas personas que fueron su familia durante un mes, nada importaba si eso acaba trayendo el tan deseado amor, el calor de personas que desean tu atención, personas que sufren con tu llanto y se alimentan con tu alegría y tu candor, personas que te aman y que te aseguran un futuro en el que no hay cabida para el rencor. Muertes necesarias de seres humanos que nada importan, igual que ella antes a nadie importó, peones prescindibles utilizados para un destino mejor.

Ese nuevo líder de la horda de asesinos, llevando a la muerte a sus hombres tras la promesa de un futuro que desea con fervor, su vida vale más que la de los ciento veinte hombres e igual hubiera sido si el numero fuera superior, la vida ajena es una gran moneda si compramos nuestra salvación. Destruidos por ese poderoso ejército de hombres fríos y duros como el metal, quizá creados con la magia del averno y moldeados por el propio Satanás.

La mujer triste, la madre que a su hijo perdió, aquella que fue condenada a la hoguera y su vida tras la muerte la venganza consiguió, dolor sin límites, terror en su más elevado esplendor, un pueblo masacrado por sus deseos de reparación. Hierro y fuego, manos descarnadas de los que de la tumba salieron para desgarrar cuerpos con esos rostros arrebatados al más profundo horror. Infierno en vida, infierno tras el umbral, infierno que arde en mis ojos recordando aquel día en el que a tanta gente acompañó el terror.

Demasiadas espinas en la obra, todas éstas y muchas más, te conmino a leerla y que saques tu propia conclusión, de lo que consideras espinas, de lo que te produce dolor, de lo que hubieras hecho de encontrarte en alguna de esa situación. En la obra aparecen personas, quizá como tú y como yo, tan sólo condicionados por las circunstancias que los absorben y que las obligan a alguna extrema decisión.

Marcar el Enlace permanente.

Comentarios cerrados.

  • Una obra de Francisco Javier Llorente

  • El libro