• Las espinas del alma

Instintos

Los instintos, esa programación necesaria que la naturaleza imprime en todo ser vivo que puebla nuestro mundo para eternamente perdurar; sin ellos, todo acabaría nada más comenzar. No importa cuánto sufrimiento nos proporcionen esos instintos, siempre estarán presentes para asegurar muchas generaciones más. El instinto de supervivencia, el de procrear y el de cuidar a las crías, tan necesarios como arraigados en cualquier sociedad. El primero es absolutamente universal, los otros dos se dan en los casos suficientes como para este sistema hacer avanzar.

«Marchito mi cuerpo, corrompida mi alma y muerta mi voluntad, ausentes mis esperanzas de la vida poder retomar. Con esta enfermedad que me destruye como un feroz depredador, con el aliento de la muerte acechando tras cada rincón… y aún así deseo vivir, no deseo que el fin de mi existencia me rinda visita a pesar del dolor, qué es lo que me lleva a esto, por qué no deseo acabar, es el instinto, éste que me daña hasta límites que no podía imaginar. Quiero desear morir, quiero desear dejar de respirar, pero mi instinto me lo impide, ahora lo veo como una terrible enfermedad más. Pero no lo deseo, no deseo morir, no deseo dejar de respirar, hay dos seres en mi interior, uno de ellos es mi instinto que secuestra mi cordura y anula mi voluntad; el otro soy yo, maltratado y sin derecho a replicar, pero prometo rebelarme, prometo no dejar de intentar que el deseo de morir acuda a ayudarme y a proporcionarme una sonrisa cuando llegue mi final.»

«Soy la naturaleza, yo misma los instintos forjé, tan sólo protejo mi futuro, igual que vosotros tratáis de hacer. El egoísmo también acude a mi interior, tan sólo deseo que mi espíritu avance libre hacia la eternidad, para ello es necesario que sufráis los rigores de la vida en sociedad que os obliga a sacrificios que consideráis lo natural. Todo preparado para perpetuarme, todo listo para que mis designios lleguéis a acatar. No concebís no parir, no concebís dejar a vuestros vástagos morir, es natural, no lo debería ni decir, pero es sólo lo que he programado para pervivir. Así por siempre existiréis, así por siempre mi vida aseguraréis, vosotros estáis condenados a nacer y morir, yo no poseo el lastre de la mortalidad, mi vida será extensa, tanto como lo es la eternidad.»

Los instintos nos definen como seres humanos, no así nuestra personalidad, ésta es definida por nuestros rasgos profundos de personalidad, ésos que aparecen cuando algo altera nuestra normalidad, agresivos o calmados, malvados o bondadosos, atrevidos o temerosos, extravagantes o naturales, curiosos o sin inquietudes, así como tantas personalidades pudiéramos imaginar. Esos rasgos no pueden ser cambiados, quizá lavados con la educación pero jamás desaparecerán. Existen otros rasgos, los superficiales de nuestra personalidad, incluidos con la educación que recibamos pero que son como un barniz que desaparecerán cuando raspemos la superficie y contemplemos los rasgos profundos que dominan nuestro ser.

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