• Las espinas del alma

Ira

Varios ejemplos de ira en la obra, varios ejemplos de esta emoción que nos tienta a dañar, pues vemos a quienes nos perjudican como seres de maldad. Ira ciega que camina de la mano del odio, quizá pasajero o quizá eterno, tanto como nuestra realidad. Aún recuerdo a la mujer triste, esa joven que acudió a por su venganza tras el umbral, proporcionado por la bruja que se conmovió ante la historia de esta mujer cuyo sufrimiento fue infinito, tanto como este universo en el que hemos de habitar. Ira hacia tanta gente, hacia tantos seres que la dañaban de múltiples formas y que nunca llegó a comprender, por qué así hacían, por qué tenía que sufrir. Paso lógico del sufrimiento inmenso a la ira, camino abierto que se convierte en el único modo de avanzar, ira y odio, terrible mezcla cuyas consecuencias a nadie debe extrañar.

Esta joven sintió ira hacia su pueblo pues en la hoguera le hicieron arder, ordenado por aquella mujer odiosa que hablaba con Dios. Ira hacia el impedido que la violó, lo hizo cuando allí estaba para ayudar, traición triste de quien jamás había sabido amar. Ira que se convirtió en dulce venganza y que su corazón al fin calmó, sangre como antes jamas contempló, provocada por esa venganza que de su propio cerebro nació. Ira hacia la bruja cuando ésta le aseguró que su hijo era terreno prohibido para ella pues estaba destinado a una misión superior, pudo entregárselo cuando partió desde el umbral para continuar su vida pero la bruja tenía otros planes para él y no se lo dio. Salvó su vida de los males y de los perversos recuerdos de lo que padeció, también de los que con su venganza provocó, fue un final que observo con felicidad pues esta mujer triste ya a su hijo no recordó. Ira también hacia su progenitor, ese hombre débil que tanto sufrió, ese hombre del que jamás recibió amor, ese hombre que mientras ardía la insultó, ese hombre que ahora yace muerto entre montañas de cadáveres que adornan la extraña «batalla de las sombras» en la que lucho, en la que disfrutó de su final como un guerrero que blandía una terrible espada mientras profería gritos de satisfacción. Tras el umbral, así fue, concedido por la bruja para que su muerte no fuera como su vida fue, un camino de espinas que se clavaban en su dignidad.

Ira en la bestia, eso veía cuando la bruja le ordenaba matar, ira ciega que hacía aflorar esa satánica tendencia a dañar. Pues dice la leyenda que fue creado por el propio dios del mal, confinado en soledad en esas montañas y condenado a jamas poderlas abandonar, pero la bruja le concedió una nueva vida y la obedecía sin protestar. Ira en un ser maligno cuyo único anhelo era amar, triste paradoja de la vida como tantas otras que se podrían relatar. Quizá no era ira sino una orden acatar, sin embargo así lo veo pues esa ira nacía cuando algún obstáculo se interponía entre ella y su felicidad, esa necesidad tan humana de poder amar.

Cae del cielo una lluvia de ira, nos empapa y nos impide pensar, nos pide saciar nuestro instinto de dañar que tanto nos apacigua nuestro estado de civilización, ojos que rebosan odio, componiendo odas de ira y dolor, poesía terrible que toman nuestros sentidos y vemos las cosas de un diferente color. Ira que se impregna en mi piel y que dibuja en mi rostro un rictus duro que nada puede apaciguar, tan sólo el sufrimiento de quien me la provoca, sólo eso me devolverá la tranquilidad.

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