• Las espinas del alma

Ira

Lo que contemplo mueve a la ira, todo aquello que daña al mundo es un gran océano sangriento que derrama su contenido sobre la humanidad. Rabia incontenida que rebosa de mi alma cuando el dolor que la tortura crece sin cesar. Odio a la gente, odio a la esencia que erige mi realidad, odio sin límites a las personas que crean espinas en nuestra sociedad. No me alivia saber que son mentes enfermas, aquejadas de la más pura maldad o incluso de alguna extraña enfermedad, alguna que se arraiga en sus entrañas y que sin motivo aparente deciden dañar. No valen los bajos instintos como excusa para provocar dolor, no valen los deseos inconfesables para justificar que un depredador devore la inocencia de un ser que ningún daño mereció, no vale el pretexto de asegurar nuestro futuro para aplastar a tantas personas y escuchar sus gritos de incomprensión. 

Mis ojos rebosan odio, lo sé, es lo que me provoca los grandes males de la humanidad, guerra entre seres humanos, incluso entre hermanos que se matan sin saber realmente por qué, atravesar un cuerpo con las armas para contemplar con placer cómo la vida se aleja para no volver. Terrorismo por dioses, matar por en alguno no creer, destrozar las vidas en nombre de algo que ni conoces ni vas a conocer. Dañar a un niño, sentir su miedo y degustarlo con placer, hacer lo que un instinto aberrante conmina a hacer, cuánto os odio por ello a todos los que hacéis de esto una terrible realidad. Mutilar niñas, millones de ellas, con prácticas horribles que las destrozan el físico y su dignidad. Maltratar mujeres, no permitirlas ser, no dejar que se desarrollen como personas ni puedan elevar su rostro con serenidad. Humillar al débil, tratarle como un trofeo que exponer, no permitir que su sombra cubra la luz que les negamos y de la que deseamos disponer. Injusticia en forma de hambre, desequilibrios en la suerte con la que hemos de nacer, cuerpos maltratados por la naturaleza que deben avanzar en condiciones mucho menos favorables que otros cuya mente, emociones y anhelos son exactamente igual.

Deseo creer en Dios, en alguno, no me importa el que pueda ser, deseo creer pues necesito descargar mi odio sobre alguien al que responsabilice de este juego perverso al que llamamos vivir en la humanidad. Señalar a los hombres no es suficiente, son tantos que las culpas caerían en demasiados sacos que jamás se romperían por el peso del daño causado a los demás, mejor a un dios, para nada sirve, lo sé, pero con ello quizá alivie el rencor profundo que anida en mi corazón.

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