• Las espinas del alma

La fuerza domina nuestra sociedad

Me pregunto qué es lo que gobierna el mundo de los hombres, me refiero a nuestra sociedad,  qué poder intrínseco a nuestra esencia prevalece cuando deseamos prosperar, no hablo del egoísmo que perpetúa nuestros instintos sino de la fuerza que nos hace avanzar, sí, continuar nuestra labor de supervivencia adoptando ese poder o aceptándolo de otros para no arriesgar. Me pregunto qué es esa fuerza, de dónde mana y por qué unos ostentan lo que otros jamás obtendrán. Al final, tan sólo es la supremacía en características que no trascienden de lo físico ni de lo mental.

«Ni la fuerza de mil almas derrota al poder que deriva de la ambición, ni la fuerza de mil espadas pueden destruir el escudo que un ser de gran fuerza forjó. La fuerza genera seguidores, moldea un ejército que luchará con denuedo por demostrar que todo aquél que desafíe esa fuerza que los cobija indefectiblemente habrá de esperar un futuro de fracaso y dolor. Quién osa desafiar a los acólitos de una gran secta que ofrece la esperanza de un bello final; quién puede convencer de la traición a un enamorado que ve la belleza de su amada como algo celestial, quién se atreve a hostigar la fidelidad de aquellos aldeanos que moran en las tierras de un soberano que los mantiene y que una falta así habría de castigar. La fuerza crea una dependencia que alimenta su poder».

Fuerza física, belleza, riquezas, carisma especial… inteligencia, control de las mentes, posición social. Tantas formas de fuerza que pueden proporcionar un estado de superioridad; ante ellas sólo queda acatar, doblegarse o quizá atrevernos a desafiar, para controlar ese espacio de fuerza y obtener una posición que deseamos y que tendremos que arrebatar. Se respeta a  aquél que posee, como si eso le confiriera un estatus diferente, una condición especial, sin mirar sus valores humanos, ni lo que aporta, no, ni siquiera si en esa persona anida la bondad. Qué importa su interior si su fuerza controla nuestra estabilidad.

«Fuerza anhelo en esta triste vida que sufro por reparar en que nada soy sino un títere roto, fuerza que me lance hacia el cielo y me convierta en un digno heredero en la tierra que habito, en un gran devoto. Paseo por la vida sin rumbo, así lo veo pues deseo ser alguien pero no obtengo satisfacción a mis deseos y me entristezco al mirar atrás y comprender que nada hubo. Tan sólo este muñeco, tan solitario, tan roto; no deseo a nadie a mi lado, únicamente percibir que hacia esos cielos yo subo, no importa si finalmente la felicidad me pone coto. Sólo deseo eso, no quiero a nadie sino mi cuota de fuerza, ésa que me lleve a donde deseo morar por siempre, allí lejos, en el paraíso de quien es percibido como una fuente que desprende calor sea el estío o el más frío diciembre».

Equilibrio de vencedores y vencidos, equilibrio de los que reciben y los que dan, equilibrio vital que al mundo hace avanzar. Poseo algo que tú deseas, si no me lo puedes robar me tendrás que venerar, como un ideal al que algún día desearías llegar. Obnubilados por el brillo de esa fuerza que quizá nada aporte pero que nos concede la oportunidad de que nuestra voz sea considerada como una fuente de verdad. Es el control de las masas, eso es, que nos ofrece la fuerza necesaria para que la suma de las voluntades de nuestros seguidores anulen cualquier conato de desafío y rebelión.

Marcar el Enlace permanente.

Comentarios cerrados.

  • Una obra de Francisco Javier Llorente

  • El libro