• Las espinas del alma

Madre sin rostro

Hay un momento en la obra en el que la bruja, como hace con otros personajes en diversas ocasiones, contempla el interior de la mirada de la niña y hace que sus más íntimos deseos se reflejen dentro de sus propios ojos que torna transparentes para llevar a cabo tal acción. En esa mirada puede contemplar el arrebatador anhelo de esa niña de amar y ser amada, allí contempla a su madre, la de la niña, justo lo que ella desea, el amor incondicional de su madre que perdió en ese mundo dominado por el horror, en esa ciudad en el que un asesino anónimo con su vida cruelmente acabó.

Pero esa madre reflejada en su mirada no tenía rostro, como si fuera un ente en el que pudiera encajar cualquier mujer que quisiera abrazarla, besarla y tratarla con todo el amor que esa pequeña merece por su bondad y por esa indestructible ansia por amar. Seguramente, ese deseo de amar nazca del más puro egoísmo, tiene que ser así cuando su subconsciente eliminaba el rostro de esa mujer. Podría decirse también que en su fuero interno sabía que eso era un imposible pues la vio morir y buscaba alguien que sustituyera a esa mujer que en un momento la amó. También podría ser que en los últimos tiempos de su vida a su hija ya no parecía amar, hundida en su miseria de pobreza y prostitución, quizá por ello su rostro desapareció. 

Todo ello es posible pero el hecho de que no tuviera rostro parece suponer que esa niña tenía tan arraigado el deseo de amar que cualquier persona que la correspondiera podría valer; por ello luchó junto a la bruja, por ello llevó a la muerte a tantas personas, por ello tanto sufrimiento contempló con una sonrisa que helaría la sangre del mismísimo Satanás; es su futuro, es su seguridad, sólo tiene una vida para vivir, la suya y nada más. Y en esa vida ha de habitar el amor, es su objetivo y aplicará a quien sea si es necesario el mayor grado de dolor. Paradoja incomprensible desde el prisma de la lógica pero coherente desde el punto de vista del egoísmo que nos controla sin ninguna consideración.

«Mujer sin rostro, alma marchita por la cruel humanidad, por ese egoísmo que nos arrastra al infierno de nuestra propia necesidad. Mujer que yace muerta por la mano de la desgracia que rondaba tu vida y habitaba junto a tu realidad. Una hija tenías a la que una vez amaste pero que tu vergüenza alejó de ti para no reconocerla más. No me digas que no entiendes que tu rostro desapareciera de sus ilusiones, no llores por no coexistir con sus anhelos vitales ni con sus lágrimas de soledad, se vaciaron en el pozo de la incomprensión, de la intolerancia y del desprecio de la humanidad. Observa allí a lo lejos, allí junto a los sueños muertos de quien tanto te amó, allí quedó tu alma y tu rostro pues ambas perdieron su esencia en cuanto la dejaste de amar».

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