• Las espinas del alma

Resignación

La vida me vence, las espinas cortan mi alma y la hieren, la sumen en el mar helado de quien nada espera salvo sufrir. Me vence, eso hace la vida, maltrata mi cordura con tantas cosas que acechan desde el universo de la locura como lobos hambrientos atacando a la presa que desean devorar. La vida… esa palabra que explica tantas espinas arraigadas firmemente en las almas de todos los hombres, dañándolas hasta que perecen pero esas espinas no desaparecen jamás, quizá el ser que las porta ya no las sienta pero allí quedan para exponer orgullosas que su reino es este mundo que habitamos y que su ley por siempre se habrá de imponer. 

Corazones oscuros, corazones malvados, corazones que crean espinas para que el alma sufra y se debata entre la lucha y la resignación, para que el llanto del hombre alimente el poder que brota de su ínclita eternidad, para que las generaciones venideras contemplen su futuro y muestren sus espinas a las otras que vendrán. Aquí me quedo, déjame yacer, déjame quedarme en este punto sin llegar al final, pues aquí considero que debo permanecer, no quiero luchar, que las hambrientas fauces del futuro me vengan a devorar, así cesará el sufrimiento, así podré odiar a la humanidad, desde el fracaso que acojo como camino y realidad. Aquí quedo, aquí muero, aquí podrás recoger los restos de mi dignidad.

Me destruye vuestra envidia, me destruye vuestra maldad, me destruye todo aquello que erige vuestra maldita eternidad. Me pesan las guerras, el lastre de las muertes cruentas son losas que me aplastan de verdad, los mendigos por las calles piden caridad así como yo pido que alguien los ayude para que cesen de llorar. Lloran como lo hacen los niños, como lo hacen al sufrir, tanto daño que les hacen al no poderse defender; esas miradas, esa inocencia que cae como lava de los muros de un gran volcán, para enfriarse y convertirse en roca fría, en una espina más. Mira cuánto odio, mira cuanto rencor, no sé de dónde nace, ni siquiera si la lógica justifica sus consecuencias y su dolor, caen sobre los hombres y los aplasta con esa malicia que afluye sin cesar. 

Tantas espinas, tantas… demasiadas para mi marchita realidad, no tengo fuerza para defenderme de vosotros ni de mí mismo en realidad. Derrotado y humillado, ya no deseo luchar, puedes destruir mi vida con tu puño de hierro que destroza a todo aquél que sucumba ante la realidad. Mira mi alma, está desnuda, observa como las espinas la atraviesan y salen con sus puntas manchadas de rojo pues la sangre mana sin parar; mira mi alma, herida de muerte, condenando mi destino a este simple final, ser zarandeado por la vida sin que me resista, morir sin alma y permanecer en esta tierra árida en la que ningún dios me venga a recoger, en la que ningún ángel del cielo seque mis lágrimas ni calme mi dolor al contemplar mi final.

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