• Las espinas del alma

Sorpresa

Hay situaciones en la obra que sorprenden a los personajes pues en este mundo de magia y dolor hay demasiadas cosas que provocan el estupor. Recuerdo a la bestia volviendo a la vida de la piedra que oprimía su esencia y de la que la bruja la salvó. Ese rostro monstruoso que sentía de nuevo la vida, esa vida que antes muy poco tiempo pudo disfrutar, ese rostro que miraba a quien lo rodeaba sin saber bien cómo debía actuar, pero la bruja calmó esa sorpresa, lo trató con amor, le hizo sentir que en este nuevo mundo tendría a alguien que lo protegería del mal.

Sorpresa del líder de asesinos, ése que en desgracia cayó, ése que fue sometido por esa mujer que con él se desposó. Sorpresa por volver a la vida, incomprensión por respirar cuando su propia mano con un cuchillo su cuello cercenó. Junto a él, su esposa, que también a la vida volvió, su esposa que cayó abatida por su puñal cuando a su hijo trataba de matar. La bruja orquestó esta vuelta a la vida, historia tras el umbral, donde todo es posible, donde la bruja tiene su reino y su fuerza inigualable, su fuerza brutal.

Sorpresa que debió sentir la mujer triste cuando apareció con una brillante armadura junto a su padre que combatía en la batalla de las sombras, sorpresa por el escenario y por sentirse viva otra vez. Allí culminó venganza con su progenitor, sólo fue el principio, la bruja mucho más le otorgó, le dio tantas cosas pero también le quitó.

Me sorprende la vida, el mundo y la humanidad, contemplar que somos tan distintos como los copos de nieve que caen sin cesar. Unos dañan y otros quieren el bien, ayudan a los necesitados arriesgando su propia vida expuesta ante otros seres que deciden sobre el hecho de permitir o matar. Me sorprende que un ser humano no sienta empatía por aquéllos que sufren, me sorprende quienes lo consideran debilidad, los que atacan como depredadores a los débiles que no se pueden defender. Me sorprenden los misterios de la vida y lo explico pensando que de otro modo no podría ser pero soy consciente de que hay demasiadas cosas que podrían cambiar o quizá permanecer pero no variarían mucho mi mundo que se erige en el castillo débil de mi caducidad.

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