• Las espinas del alma

Tristeza

La tristeza es una emoción que se halla presente en la obra, como la antesala al dolor, quizá tan profunda que necesita que busquemos otra palabra que la defina mejor. Tristeza por la propia vida, tristeza al contemplar que nos espera un destino de dolor, preludio de la reacción que lleva a derroteros de odio, esperanza y mares de rencor, por todo lo padecido y por lo que deseamos que llegue mientras contemplamos que en ese futuro hay que luchar pues de lo contrario nos lo pueden arrebatar.

Mira a la niña, ésa que en la miseria nació, ésa que se pudre en las entrañas de esa ciudad de dolor. La tristeza la invade, lo hace mientras busca el amor, pues ve morir a su madre, aquélla que en un tiempo tanto la amó, vio a su padre sucumbir al fracaso, tanto que pronto la olvidó, eso le provocó una tristeza sin parangón. Tristeza cuando su cajita se rompió, esa que no existe pero que era un fiel reflejo de su reducto de amor, donde lo guardaba con cariño para liberarlo cuando alguien deseara su calor. Tristeza profunda de una niña sin maldad, de puro corazón, de ojos que miraban desde la atalaya limpia de su bondad, donde todos tenían cabida y podrían disfrutar, del camino que recorrerían juntos, asidos de la mano y cantando sin cesar, pero nadie lo quiso, el mundo rehusó, eso le provocó esa tristeza que asolaba su infancia y la sumió en un bosque de dolor.

Recuerdo la cruel tristeza que sacudió el alma de la mujer que en la hoguera ardió, recuerdo su espectro arrodillado y llorando por el hijo que por dos veces perdió, una arrebatado por la cruel mujer que hablaba con Dios, la segunda vez deslizándose entre sus dedos, hechos con aire, con la esencia de un espíritu que caminaba en el mundo real.

Tristeza que no expresan pero que imagino sin dudar, la de esos seres que habitaban aldeas en la más extrema necesidad, donde la horda de asesinos se acercaba para alimentarse de su esquiva dignidad, de las almas que se desprendían de las vidas que caían como árboles bajo el hacha del leñador. Miradas impregnadas de tristeza mientras vivían cada día lo que vivieron el anterior, hasta que la muerte reclamaba su parte y arrasaba los campos baldíos que eran su hogar, vaciándolos de vida, llenándolos de sombras tenebrosas, sufrimiento y cuerpos que adornarían el paisaje con su último estertor.

Espinas del alma que causan dolor, espinas que provocan la tristeza de todos los que comparten su realidad; canción triste que evoca momentos efímeros de felicidad, atormenta mi mente que clama por un pasado que ya no retornará. Cuerpo que se marchita, esperanza que murió, mente que olvida quién fue, lágrimas por una tierra que arde con el fuego de la maldad. Tristeza sufro, la siento al recordar, al contemplar, al imaginar lo que será, lo que quede de mi esencia cuando otras tomen su lugar. Rostros infantiles que no verán un bello amanecer, seres sepultados en cárceles de miseria, tantas personas que nunca llegarán a ser lo que desean mientras luchan por un futuro que aún no saben cuál es, herencia maldita de nuestra humanidad, del azar que nos hace nacer donde desea, de esa fortuna esquiva cuya injusticia me entristece todavía más. 

La vida es tristeza pero debemos alzarnos para luchar, oponer momentos de alegría que nos salven de arrastrarnos hacia el profundo abismo de la desesperación. Objetivos en la vida, eso debemos buscar, me apena quien no tiene esa posibilidad, son casos quizá perdidos pero los demás estamos obligados a pelear. Avanzar a pesar de la tristeza, saber que existe pero no caer en sus sensuales palabras que nos pretenden dominar. Buscar con denuedo momentos que nos hagan sonreír ante la vida y felicitarnos por existir.

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