• Las espinas del alma

Un dios, una invención

Son innumerables las religiones que han nacido y existido en el mundo, incontables dioses que han dominado a los hombres y sus voluntades, sus acciones y sus modos de pensar. Todo ello nos hace ver que en el ser humano siempre ha habido una clara necesidad de explicar lo que no son capaces de comprender y han tomado el camino sencillo de atribuirlo a un ser omnipotente para el que nada fuera un impedimento ni existieran acciones imposibles de realizar. Y les han otorgado incluso el poder de controlar sus vidas aplicando premios o castigos por acciones que nada tienen que ver con la creación de la materia o el control de las leyes de la naturaleza.

«Temo a la vida, temo al dolor, temo a la muerte y a donde ella me llevará. Temo al miedo, temo al tiempo, temo a las personas y a mi propia debilidad. Este temor que somete mi existencia y me lanza con desdén al agujero infinito de la dolorosa consciencia de nuestra insalvable soledad. Soledad en la muerte, soledad en el dolor, soledad en las plegarias, soledad sin ambición. Soledad en la vida, soledad en el camino, soledad en mis deseos, soledad sin remisión. Mi alma necesita un motivo para creer, un motivo que me ayude a hacer nacer la esperanza, ese concepto irreal que se nutre de la necesidad. Por ello creo en ti, mi dios, por ello por ti juraré, por ello por ti mataré, por ello te nombro la esperanza que salva mi razón.»

¿Por qué sometemos nuestras acciones a lo que un dios pueda desear? ¿Acaso no hay tantos dioses que no los podemos contar? ¿Cuál es real, en cuál debemos confiar? Es triste depender de un dios en el que creemos por el lugar en el que hemos nacido habiendo adoptado otro si hubiéramos nacido en otro lugar. Tampoco parece lógico adoptar un dios que otro nos recomiende, otra persona con mayor carisma y personalidad. Una creencia debe nacer de nosotros mismos, jamas de las palabras de alguien que nada sabe de la mentira y la verdad.

Pienso que nadie debe pretender convencer de sus propias ideas, ni hacer ver la realidad de un dios ni querer demostrar que nada hay en el reino del más allá. Qué importa lo que otro crea, tanto si consideramos que es invención como si no, permitamos que cada uno forje su mentira o su verdad, pues ésta es real si existe en el convencimiento personal. No concibo la lucha por lo que cada uno haya de pensar, sólo debería existir la concordia, la tolerancia y la hermandad.

«Veo un dios llorar, se siente aterrado, teme a la voluble humanidad; si de él reniegan desaparecerá de las mentes de los hombres, de sus miedos y de todo aquello que lo hace real. Lo veo huir a su edén eterno, a ocultarse para morir en soledad. Veo otro dios, éste parece sonreír, se siente poderoso pues sus profetas cuentan su historia como el germen del mundo y de los seres que pueblan esta inmensidad. Sabe que es el futuro, que las plegarias que corren a raudales van dirigidas a su imponente divinidad, este poder que reparte castigos para perpetuar su reinado anhelando la eternidad. Vive y mata, dios cruel, impón tu voluntad, no caigas en la inútil ciénaga de la bondad, sabes que allí sólo mora la debilidad. Poco a poco podrás dejar de dañar, cuando el mundo crea en ti, en tu obra y en el futuro que a las gentes puedas deparar. Inventa un paraíso, ofrécelo sin dudar, necesitas que en ti crean y así someter a la humanidad».

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